Merk vio llegar a la muchacha.
-¡Hola, Lisa! – gritó.
Ruth miró a uno y otro lado, sorprendida.
No había nadie más que ella.
-¿Es a mí? – preguntó mirando a su alrededor.
-¡Qué cosas tienes, Lisa! – respondió la anciana.
-¡A quien sino! – le dijo dibujando una amplia sonrisa.
- Pero… Yo no soy esa que usted dice. ¡Yo soy Ruth! – le replicó mientras Merk la tomaba del brazo y encaminaba hacia la entrada de una casa rodeada por una valla blanca recién pintada.
Ruth vio ante la puerta a una anciana que con dulzura le extendía los brazos requiriéndola para darle un beso.
Se agachó y respondió con amabilidad, besando en las dos mejillas a la extraña que parecía reconocerla.
Camila miró a Merk diciéndole -No…-, sin terminar su frase, al observar el gesto que su amiga hacía requiriendo que guardara silencio.
Aunque Ruth intentó explicarse por todos los medios posibles, las dos mujeres no le facilitaron las cosas. Y así fue como se vio, frente a una taza de té, en medio de un gran salón, sentada alrededor de una mesa de camilla acompañada por las dos ancianas.
-Te haré unas tortitas de las que te gustan-, decía una de ellas, mientras se incorporaba y desaparecía a lo largo del pasillo que conducía, supuestamente, a la cocina.
-No, no es necesario-, quiso replicar haciéndolo con un hilo de voz tan inaudible que ninguna de las ancianas pareció percatarse.
-Te ayudaré-, dijo Camila, siguiendo a su amiga.
Cuando se vio sola, empezó a mirar a su alrededor, y observo en la esquina del salón un instrumento musical que le apasionaba, un arpa.
Hubiera deseado conocer el arte de tañerlo. Sentía admiración por quienes tenían la habilidad y conocimiento de sacar las armonías de esas cuerdas que desde niña tanto le atraían.
Cuando veía esos seriales antiguos, soñaba formar parte de ellos como protagonista. Y en lugar de verse tocando el piano, como solían hacer las heroínas de sus series favoritas, sus fantasiosos sueños la transportaban ante las cuerdas de un arpa, con sus dedos alados.
Miró a un lado y otro del salón, escuchando al tiempo a las ancianas.
Su conversación venía de lejos.
Pensó que podía acercarse y tocar con sutileza las cuerdas del arpa, que brillaban reflejando unos rayos de luz filtrados a través de los blancos visillos almidonados.
Esos pensamientos la acercaban al ángulo mágico.
Cuando llegó, se vio sentada en una silla y vestida con uno de aquellos trajes largos y escotados.
Se admiró observando como los sus dedos paseaban por las cuerdas haciendo brotar armónicas notas.
Quedó extasiada bajo el encanto sonoro, sin darse cuenta de la presencia de las dos ancianas.
-¿No nos vas a deleitar con uno de tus temas, Lisa querida?-, dijo Merk, cogiéndola del codo y transportándola hasta hacerla sentar en aquella silla mullida y tapizada de color Burdeos.
Se vio en ese vestido y con esas manos.
Un espejo ovalado, encastado en un mueble bajo de caoba, le devolvió la imagen de una muchacha de cabellos rojizos peinados en tirabuzones. La imagen, remotamente, le recordaba una muñeca de porcelana.
-¡Lisa, tocas divino!
Oyó decir a la otra anciana, la que había besado al llegar.
Sus ojos la transportaban a un mar de calma.
Se sentía querida y admirada.
-¡Siempre fuiste un primor! -, añadió Merk, dando saltitos de alegría.
Al cabo de un rato, queriendo volver sobre sus pasos, Ruth comprobó que le faltaba voluntad.
No entendía cómo se había hecho realidad ese sueño olvidado, ni porqué razón esas dos ancianas encantadoras la llamaban así.
-¡Vamos, Lisa, que el té se enfría! - Oyó a sus espaldas.
Pero ella temía abandonar el roce de las cuerdas y perder el momento más hermoso de su vida.
-¡Venga, que las tortitas frías no valen para nada! – Increpaba una de las ancianas.
Ruth ya no estaba. Oía lejanas esas palabras. Sus dedos alborozados seguían tañendo el instrumento, ganando brío y afinando las notas con el contacto de sus manos.
-¡Ya sabes cómo es! -, espetó Merk soltando una carcajada.
-Siempre nos hace lo mismo.
-Tú y yo preocupándonos, y ella ni caso.
-No se lo tengas en cuenta. – Dijo Camila.
-Ya sabes que es un encanto.
-Piensa que lleva años sin encontrarse y ahora lo está celebrando.
-¡Sabes qué! La dejamos a su aire y nos vamos en busca de los demás. Así tendrá público. – Añadió, con un guiño cómplice dirigido a Ruth.
Este texto forma parte de la trama novelística que se sigue en: http://sabia-lo-que-tenia-que-buscar.blogspot.com/
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